OPINIÓN: ¿Reforma universitaria o reformulación de élite?

La propuesta de reforma universitaria que se ha filtrado (esperemos no se impongan penas de cárcel para estos filtradores) nos permite discutir con cierto grado de conocimiento lo que se propone el gobierno en materia de reforma al sistema universitario. Seguramente será materia de encendidos débates, desde múltiples puntos de vista, pues el documento desarrolla aspectos que van desde la creación de una Subsecretaría de Educación Superior hasta la modificación del Consejo de Rectores.

Me gustaría, en este amplio marco, tratar el tema de la gobernanza, el cual no siendo una materia de orden económico, parece fundamental para el desarrollo de las universidades. Ahora bien, dicho proceso, ciertamente, es parte de uno mayor que implica una profundización de la democracia en la sociedad chilena. La universidad aún siendo una organización jerarquizada – existirán muy pocos ingenuos que esperen que de pronto se convierta en una comuna de Paris- es claramente reflejo de la desigualdad y de los procesos de exclusión que sufre la sociedad chilena, expoliada por la ideología neoliberal.
Dicho lo anterior, los argumentos comunes de quienes se oponen a un proceso de participación de los tres estamentos universitarios en la elección de sus autoridades, suelen ser parte del permanente temor o desconfianza que se tiene hacia la ciudadanía. Este es el fundamento último de la élite. Creer en su condición de elegidos para gobernar. Pensar que la ciudadanía no es capaz de comprender nada de lo que sucede a su alrededor. Esto ocurre en un regimen dictatorial de derecha o de izquierda, pero también en los gobiernos democrático-liberales de la actualidad donde la democracia ha sido constreñida y, en cambio, se ha fortalecido el liberalismo económico, el individualismo y la competencia. La universidad es un buen ejemplo de estos graves síntomas sociales.
Pero vamos al documento diseñado por el gobierno. En el tema de gobernanza señala lo siguiente: “El Rector será escogido por los académicos de la institución de conformidad a lo dispuesto en la ley Nº 19.305 que regula el mecanismo de elección del Rector, es decir será elegido por los académicos pertenecientes a las tres más altas jerarquías de la universidad” ¿Es esto una reforma al sistema de participación? No. Es en realidad un cierre de puertas al movimiento estudiantil universitario y a todos y todas los académica/os que han luchado durante la larga transición chilena por hacer de la universidad un espacio más democrático. Atendiendo a esto, la propuesta de la Federación Nacional de Asociaciones de Académicos del Estado de Chile (FAUCH) ha entregado una propuesta que si bien es discutible (así debe serlo, por lo demás) al menos propone la necesidad de participación por parte de los tres estamentos universitarios en la eleccción de sus cuerpos colegiados y autoridades unipersonales. Pero vayan algunas precisiones para mayores antecedentes de la discusión.
Un reciente fallo de la Corte Suprema ha reconocido el vínculo laboral temporal de una persona que trabajó a honorarios en la Municipalidad de Santiago. El fallo, más allá de cuestiones jurídicas interesantes, muestra la precariedad e indefensión en la cual desarrollan sus labores muchos funcionarios públicos. Se trata de una precarización mal intensionada. De una vuelta de tuerca del modelo neoliberal que se ha impuesto mediante una reducción de las tasas de sindicalización, una competencia por el empleo y por no perderlo, gracias a la pérdida de una relación política entre los trabajadores, etc. No es algo casual, parte del proyecto thatcherista llegado a Chile con Pinochet, fue la destrucción del vínculo colectivo. Puedes negociar individualmente. No necesitas a tus compañeros.
Lo anterior se muestra en las universidades, por ejemplo, en los llamados profesores- taxi. Se trata de académicos que se hacen un sueldo trabajando en varias instituciones. Corren todo el día, de aula en aula, pero sin llegar a concretar más vínculo que el sueldo que les llega rigurosamente a fines de mes. En algunas universidades ni siquiera firmas un contrato. Es un buen ejemplo de flexibilidad laboral. Puedes tener trabajo este semestre, pero el otro no es seguro.
La realidad es que buena parte del personal académico es contratado a honorarios (forma horrible de sobrevivir) o a contrata (una versión humanizada de la sobrevida). En este universo, la élite académica es estrecha. Los que ingresan (o ingresaron en otros tiempos) defienden sus lugares. Nadie quiere perder lo que sienten se ganaron por méritos propios. Así entonces, las posibilidades de movilidad para ese amplio sector del “precariado universitario” se reduce a la voluntad individual de quien dirige la universidad o la unidad académica. El mundo es así. Cuando estás en la periferia luchas por entrar al centro, pero una vez allí no quieres que nadie más ingrese. El sistema de competencia ha hecho su trabajo efecientemente y la élite vuelve a cerrarse. Por eso es necesaria la participación. No para quitarle a los que tienen más y repartirlo. No es ni siquiera revolucionario. Es sencillamente para que aquello/as que hacen universidad puedan elegir a quienes los representarán y guiarán sus destinos. No se trata en absoluto de la idea de un mundo ideal, exento de problemas y crisis. No. Hay que cuestionarse como se resuelve hoy el campo de lo político en las universidades. De oficina en oficina. O en algunos casos, como en las universidades privadas (autodenominadas públicas y que reciben aportes estatales) mediante la elección directa de sus autoridades. ¿Cómo debería resolverse? De cara a toda la comunidad universitaria.
Hay un pero habitual en esto. ¡Pero si somos parte de un modelo económico que nos desfavorece, qué podemos cambiar con eso en la universidad! Un viejo marxista me me respondería así. Un neoliberal nos diría lo mismo. Un ingenuo (o no tan ingenuo) derechista diría eso. O un pillo de izquierda. Las condiciones materiales nos desfavorecen. Simularíamos participar, pero las decisiones importantes las tomarían otros. Sin embargo, un buen gramsciano sabe que un cambio en las formas de vinculación política va impactando al menos en el revelamiento de los antagonismos sobre los cuales se construye la democracia. La universidad tiene un papel en la educación política de sus estudiantes. No en el adoctrinamiento. No en el partidismo. En la profundización de la democracia. En la radicalización del proyecto democráctico que alguna vez fue soñado.
Por eso y muchas otras razones las elecciones de las autoridades universitarias deben ser triestamentales. Un auxiliar de servicios puede perfectamente entender si el programa de un rector o de un director de departamento mejora sus condiciones de vida en el trabajo. Una estudiante puede perfectamente entender si las políticas que propone su director de carrera mejoran o empeoran su calidad de vida y formación en la universidad. Un profesor a honorarios entiende si la propuesta de desarrollo del decano va en una línea que le parece adecuada.
Dicho esto no queda más que seguir impulsando una democracia realmente participativa al interior de las universidades. Lo otro es, como reza el dicho popular, “pan para hoy y hambre para mañana”

Texto publicado en Le Monde Diplomatique Chile

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