La banalidad del mal: nuestros monstruos cotidianos.

Por Luis Nitrihual Valdebenito

Para Javier Mayorga Rojel 

Hannah Arendt nos enseñó hace mucho tiempo que para entender el mal hay que hacerlo no de la forma rebuscada en la que solemos plantearnos el problema. Más bien hay que entender que muchos actos verdaderamente aterradores aparecen allí donde todo parece ridículamente sencillo. Cuando, por ejemplo, se conocen las historias de vida de grandes homicidas o genocidas, se cae en cuenta que no eran personas de “vuelo”, actuaron más bien motivadas por las más banales apetencias humanas, pero en circunstancias históricas y/o momentos muy específicos que les entregaron la oportunidad de hacerlo. Como reza un viejo dicho popular: “la oportunidad hace al ladrón” o como señala, desde otro lugar, pero de forma aún más expresiva Ricardo Darín en la película argentina Nueve Reinas, “putos no faltan, lo que faltan son financistas”
Al inicio del libro titulado Sobre el Mal , Terry Eagleton relata el complejo esfuerzo que implica entender la tortura y asesinato que perpetraron dos niños de diez años a uno de tres en Inglaterra. Este es un caso extremo, pero un buen comienzo para intentar comprender la irracionalidad que envuelve todo acto de violencia extrema. Los niños parecieran ser sujetos desprovistos de maldad y, por tanto, enfrentarnos a un caso como este, deja perplejos a quienes intentan trazar líneas de causalidad en el comportamiento de los homicidas. Arendt no se encuentra con un Eichmann maquiavélico y con razonamientos elaborados sobre su comportamiento genocida y torturador de miles de judíos. Se trataba de un hombre que buscaba ascender en la jerarquía militar. ¿Qué más común que esto? El mal subyace agazapado en todos lados. Estaba presente en la Rusia de Stalin y en las torturas de Abu Ghraib que cometían los militares norteamericanos en Irak. Qué decir de las torturas ejecutadas durante las dictaduras militares de Chile y Argentina.
Pareciera, eso sí, que cada sociedad produce sus propios males y da vida a sus propios demonios y torturadores.
En realidad, la mayoría de los sujetos que cometen atrocidades están motivada/os por los deseos de obtener algo que lo/as satisfaga, los apetitos de emprender una labor que lo/as eleve a categorías de reconocimiento, el estar convencido de que está actuando por un bien superior, aún al precio de quitar la vida a otros u otras. En fin, si pudiéramos recoger los sentimientos que llevan a las personas a cometer desde pequeños actos maliciosos a grandes hechos de la historia, nos sorprenderíamos de sus respuestas.
Desde hace un buen tiempo vengo repitiendo la idea de que es posible encontrar pistas del comportamiento cotidiano de las personas en los comentarios que hacen en sus espacios privados de Internet (Facebook, por ejemplo) o en las respuestas que realizan ante las noticias publicadas en los portales digitales. Muchos de ellos son de un nivel de brutalidad que no tiene nada que envidiarle a sociedades profundamente enfermas del siglo XX. Los tópicos suelen ser variados, pero aún a riesgo de simplificar podemos encontrar un odio mortal contra todo/a aquel/lla que atente contra la propiedad privada o se atreva a poner en cuestión el orden establecido.
No es sorprendente, en este sentido, que la gente sea capaz de matar por su propia seguridad económica. Un colega y amigo investigador, Javier Mayorga Rojel, señala, citando un estudio del PNUD, que si a las personas les dan a elegir entre mayor bienestar económico y menores libertades políticas, posiblemente se inclinen por esta mirada, aunque la consideren autoritaria. Y es que se esconde un profundo sentimiento autoritario, represivo y violento en el actuar de buena parte de la población. Esto se disfraza en discursos nacionalistas de todo tipo, defensa de la propiedad, odio de clase, defensa ante la inseguridad, etc. Hace unos días, ante una declaración enviada por email a mi universidad y donde, junto con otra colega, condenábamos el actuar violento de la policía en nuestro campus universitario, recibí un correo de vuelta donde se me criticaba por defender “los famosos derechos humanos” (frase textual). Más que molestarme por este comentario, en realidad me pregunto si esa persona estará dispuesta a eliminar a otros u otras con tal de garantizar su tranquilidad. Me arriesgo a pensar que sí; en las circunstancias adecuadas. He allí un núcleo perverso de nuestra sociedad actual.
En este marco, creo que no debemos aplicar una lógica causal al comportamiento homicida de Guiseppe Briganti -el asesino de los dos estudiantes de Valparaíso, Exequiel Borvarán y Diego Guzmán- fundada en elementos tales como es un megalómano, narcicista, al que le gustaba tal o cual película, etc. No. Sería como buscar explicar el asesinato de John Lennon sobre la base de las lecturas que Mark Chapman realizó de la novela El Guardián en el Centeno de Salinger. En realidad, se trata de un sujeto de su época, pero que como a muchos otros les “faltan financistas para ser homicidas”. Lo que debemos cuestionarnos seriamente es si esta sociedad de la desigualdad, la usura y el robo de cuello y corvata, está financiando a estos monstruos cotidianos. Como en Estados Unidos, donde cada cierto tiempo hay homicidios masivos. Muchachos que disparan a otros por extrañas circunstancias, pero motivados por un odio generalizado a su entorno.
Y para el cierre de estas sentidas reflexiones, algunas palabras: “Por eso es que ser joven en esta época implica una gran responsabilidad (…) la juventud debe asumir su responsabilidad histórica (…) Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica” dijo Salvador Allende en Guadalajara. Exequiel Borvarán y Diego Guzmán, como tantos otros jóvenes desde hace casi una década, vienen reclamando un derecho fundamental: el derecho a una educación gratuita, democrática y pública. Es de esperar que su trágica muerte no sea en vano y que su memoria perdure entre nosotros como muestra de compromiso y vida.

Temuco, mayo de 2015