¿Quién dijo colusión?

Por Luis Nitrihual Valdebenito

Enterraron la justicia, enterraron la razón
Violeta Parra

En 1952 Mario Moreno Cantinflas rodó la película Si yo fue diputado. Se trata de una brillante película del ciclo en blanco y negro del reconocido cómico mexicano. La película, dirigida por Miguel Delgado, muestra las peripecias de un barbero –Cantinflas- quien trabaja modestamente afeitando y cortando el cabello en un barrio cualquiera de Ciudad de México. La película, al igual que otras del cómico, es en verdad una crítica abierta a la política. Toda la cinematrografía de Cantinflas, desde Ahí está el Detalle hasta El Barrendero está plagada de referencias a las prácticas de la política vulgar, a la burocracia estatal, a las sinvergüenzuras de los buitres económicos, a la deshumanización de la medicina, de la educación, etcétera. Hay que recordar El Analfabeto (1961); El Padrecito (1964); El señor Doctor (1965), por nombrar sólo algunas de sus películas, para comprobar la estrecha relación que existe entre humor y contexto social. En todas sus películas hay una fina mezcla entre entretenimiento y constatación de la realidad más contigente y sufrida por la gente. Tal vez por eso las películas de Cantinflas continúan teniendo un nivel de aceptación y audiencia importante entre el público latinoamericano. No sólo eso, su obra está inscrita en los recuerdos de la vida familiar de públicos de todas las edades y estratos sociales.
En Si yo fuera Diputado Cantinflas vive una vida apacible, corta el cabello por unos pesos, estudia informalmente para ser abogado con un viejo maestro, dirige por casualidad una orquesta y está enamorado de una bella mujer. Su vida cambia cuando un grupo de vecinos le solicita presentarse como Diputado representando a su comunidad. Las cualidades que el grupo de hombres destacan para elegirlo a él son las de un muchacho humilde y honrado, de los pocos que van quedando, le dicen. ¡Quién mejor que un hombre modesto para saber las necesidades del pueblo!, afirman sus vecinos con alegría. El joven peluquero duda ante el ofrecimiento, pero finalmente acepta.
Una pequeña digresión. En uno de los debates de la campaña presidencial de España el 2015, Pablo Iglesias echó en cara a sus oponentes que una persona que nunca ha vivido del sistema público es muy difícil que pueda comprender la realidad de la gente que lo sufre a diario. Es ciertamente una cuestión para tener en cuenta. Solemos ser gobernados por quienes “suponen” que la gente puede vivir de determinada forma y con determinados servicios, pero la realidad es que los mundos de vida entre las clases sociales suelen ser inconmensurables. El neoliberalismo actualmente existente en muchos paises, en este sentido, crea una brecha insalvable entre élite gobernante y pueblo.
Regreso. Cantinflas decide entonces enfrentarse al político/matón local Don Próculo. Este hombre es todo lo contrario del joven peluquero. Un individuo ambicioso que controla el barrio mediante el dinero y las artimañas del político vulgar. En uno de los discursos de su candidatura Don Próculo apela a su partido como resguardo de la integridad política que les promete a sus votantes. Los vecinos no le creen nada, pero él se encargará de presionarlos para intentar infructuosamente ganar las elecciones. Es el mismo Cantinflas quien sufrirá una de sus triquiñuelas. Un pagaré firmado por él es comprado por Don Próculo, quien posteriormente adelanta las fechas de pago y lo hace perder todas sus herramientas de trabajo. En una de las más graciosas escenas de la película el cómico mexicano se queja por el engaño del cual ha sido sido víctima. Más tarde llagará la policía para detenerlo por haber colocado propaganda política donde no debía hacerlo, cuestión que evidentemente no realizó.
En suma, se trata de dos formas entender la política: la de Don Próculo y la de Cantinflas. Una que se realiza mediante las herramientas que entrega el poder económico y los vínculos que este suministra. La otra -idealizada claramente- una política de la gente, realizada mediante el esfuerzo ciudadano y cuyos líderes entienden lo que realmente sufre el pueblo. Podríamos decir, en un amplio sentido teórico, que este colectivo de ciudadanos tuvo la capacidad de ejercer su soberanía. Hay que ser tajantes en esta cuestión, la soberanía radica en el pueblo y no en las castas políticas. La política de las élites es la de grupos de elegidos que, como brillantemente ha demostrado Gabriel Salazar en su último libro La enervante leveda histórica de la clase política civil (Chile 1900-1973) crean los marcos para seguir siendo elegidos. Las elecciones suelen ser entonces simulacros de participación pues sólo hacen posible aquello que ya ha sido diseñado por las propias élites hegemónicas.
Hay que terminar de entender lo que me parece queda claro en películas como la de Cantinflas. La sociedad actual, más allá del esfuerzo neoliberal, está articulada en base a dos grandes sectores: una oligarquía claramente observable y obviamente muy pequeña y un amplio sector de trabajadores, desde obreros a cognitarios, que necesitan nuevas formas relacionamiento político desde abajo. Este es en verdad el núcleo más problemático para la actividad política actual. Diríamos, más claramente, para la generación de proyectos políticos que busquen construir nuevas hegemonías por fuera de los marcos de la oligarquía política tradicional. La expoliación a la que hemos sido sometidos durante las últimas décadas nos ha convertido en un conjunto de supuestos ideológicos hiper saturados de aspiraciones, anhelos, ambiciones de éxito y otras fugacidades, pero también de grandes espacios de desesperanza y frustración que se convierten, muchas veces, en violencia encasillada bajo el rótulo de delicuencia.
En suma. Nos encontramos en una sociedad inflada de posibilidades y de supuestas libertades pero donde las garantías de un buen vivir se encuentran circunscritas a las líneas trazadas por una élite que hoy se halla desnuda y que posee una creencia mística en su destino dirigente. La élite dirige y el resto debe emprender.
Tal vez el esfuerzo más interesante en la evolución del capitalismo actual es el concepto de emprendedor. Un reciente trabajo que aborda esta cuestión se titula La fábrica del emprendedor. Trabajo y política en la Empresa-Mundo de Jorge Moruno. Lo real de este discurso hegemónico es que el emprendimiento suele ser igual a trabajo libre, precariedad y frustraciones. Sin embargo, la televisión suele mostrar los casos exitosos como ejemplos de lo posible. El resultado evidente en Chile es la creación de una fábrica de globos de azúcar que engordan (no alimentan) a una sociedad competitiva e individualista como la chilena.
Como contraparte de esta dispersión popular –logro evidente del neoliberalismo pinochetista- se advierte en las élites chilenas una construcción bastante clara de lo que también antiguamente se denominaba como reconocimiento de clase. Las últimas colusiones y escándalos políticos muestran que esta situación no es un hecho aislado sino bastante sistémico. Es decir, aquellos que defienden la libertad del mercado para operar libremente son en verdad operadores de un mercado que de competitivo tiene muy poco. Luego reclaman, cuando son descubiertos, la necesidad de mejores regulaciones por parte del Estado. Se vuelven socialistas cuando necesitan una excusa para sus tropelías.
Recordemos, en la larga historia, a uno de los más importantes “heroes” políticos de Chile: Diego Portales. Dotado de rasgos autoritarios y tiránicos, no creía en la democracia y creó su propio monopolio comercial aplastando a sus competidores Sólo basta citar una de sus más famosas cartas para reconocer este carácter: “el orden social se mantiene en Chile por el peso de la noche y porque no tenemos hombres sutiles, hábiles y cosquillosos: la tendencia casi general de la masa al reposo es la garantía de la tranquilidad pública”.
Así entonces, no podemos sorprendernos que esta élite sea antidemocrática, anticompetitiva, antieducaciónpública, esté permanentemente coludiéndose para alcanzar los mayores beneficios posibles, no aporten significativamente al desarrollo científico de Chile y un largo etcétera. Recordemos la escandalosa colusión de las farmacias ¿Puede existir algo más horrible que una colusión para fijar el precio de los medicamento? ¿O puede haber algo más vulgar que coludirse para fijar el precio del papel higiénico? Pareciera que estamos rodeados de Don Próculo por todos lados.
Pero Si yo fuera Diputado es una película esperanzada por cuanto los vecinos van a buscar al joven Cantinflas para que los libere de la tiranía. La película muestra, desde la ingenuidad cómica, una verdad que hemos olvidado producto de la expoliación neoliberal: la soberanía reside en el pueblo y no necesariamente en las élites políticas, son ellas las que deben determinar quién y cómo serán gobernados.

Nota Completa: http://www.lemondediplomatique.cl/article4464,4464.html

Madrid-Temuco, 2016