LOS TRENES DEL SUR

A las doce el tren repiqueteaba en la estación ferroviaria, aún no partía, cosa extraña pues siempre lo hacía con precisión inglesa, aunque estuviese vacío.
            Era invierno frío y seco, de esos que molestan en los huesos. A Pedro no le gustaban esos inviernos pues le hacían doler una muela que tenía picada hasta las nervaduras.
Una niebla gruesa cubría el campo. Desde su cama, con todas esas frazadas encima, se sufrían bien los inviernos sureños. Que le importaba aquel frío metiéndose en el cuerpo si estaba en su cama con el mejor de los libros. Le parecía raro, eso sí, que el tren no atravesara la ciénaga de una vez por todas. Tuvo la certeza de que algo ocurría a lo lejos, pero no supo bien de qué se trataba. Asomó la cabeza por la ventana. Los vidrios estaban empañados. El calor visceral corría como grandes venas de plasma. Limpió los vidrios hasta hacer un espacio por donde podía mirar con alguna claridad. Pudo ver al hombre que andaba cazando seguido de sus perros y de un foco neblinero que parecía sacado de una película se ciencia ficción.
            Desde su catre podía verse el extenso campo que le habían heredado sus padres. Era un terreno grande en el que su abuelo aseguró se había producido uno de los primeros encuentros entre españoles y mapuches y que había terminado con muchos mapuches asesinados. Por eso mismo decían que en el campo los muertos se levantaban en las noches y siempre andaba el tue-tue dando vueltas.
            Perros ladrando. Deben andar cazando, medita mientras digiere otro párrafo del libro. Mal presagio cuando los perros aúllan en las noches. Es mejor dormir. Cerró el libro intentando dormir, pero el lloriqueo enfermizo de los animales lo mantuvieron con los ojos a medio cerrar. Mejor no se hubiera levantado a mirar el campo. Años atrás habían matado a un hombre que andaba con sus perros correteando conejos en el campo vecino. Le pegaron dos tiros que lo sumaron al cementerio, pero como ocurrió en tiempos de la dictadura y el dueño tenía santos en la corte, lo hicieron pasar por terrorista.
            Antes que él, contaban los viejos del lugar, un pelotón del regimiento de la ciudad puso en fila a un grupo de miristas que terminaron en un canal que llamaban el canal de la luz pues más abajo, cerca del río, había unos tranques para embalzar agua que detuvieron los cuerpos durante días. Nadie se atrevía a sacarlos pues los milicos amenzaron con volver.
            Los perros aullando. El tren que no parte. Algo iba a pasar en ese campo, era lo más seguro. Pero qué sacaba con saberlo, con recordar lo del cazador, los mapuches y los miristas muertos, si estaba acostado sin poder hacer nada. Pensó en gritarle al cazador que se fuera para su casa, pero tuvo miedo.
            No pudo más y se paró nuevamente a mirar por la ventanilla que aún permanecía fresca. Buscó con rapidez frenética la silueta del cazador y lo pudo divisar lejano como una sombra erguida y extraviada entre las matas de zarzamora, coligues y un álamo que se eleva recto junto a un riachuelo.
- Pobre hombre – dijo mientras volvía a la cama con angustia.
            El tren se escuchó a las doce treinta, todavía estaba en la estación con su ronquido de animal prehistórico que se resiste a morir. Comenzó a cruzar la ciénaga partiendo la espesura en dos, unos minutos más tarde. Los perros aún continuaban llorando y eso lo mantenía intranquilo.
            Cómo poder evitarlo, contarle lo que pasó con el otro cazador durante la dictadura. Con desasosiego volvió a su libro que lo esperaba en la página cincuentay cinco.
Las palabras corrían ásperas por su cabeza cuando escuchó al tren que se reportaba con estruendo. El disparo lo escuchó luego, confundido con la algarabía de las ruedas y el viento sibilante que las cortaba y anunciaba la lluvia del sur. Por su pared contigua ingresó de súbito un viento mortecino. El tren llegó a la estación minutos más tarde.

Temuco, 2009